LAS CARICIAS

Hace ya más de veinticuatro años, Claude Steiner, a partir de sus amplias observaciones clínicas en el ejercicio de la psicoterapia junto con el legado que le dejó su maestro Eric Berne, construyó una interesante teoría a la que denominó “la economía de caricias”.

Bajo este sugerente concepto, Steiner y muchos otros han investigado los efectos que ejerce sobre el ser humano crecer y vivir en una abundancia o escasez de signos de reconocimiento que, para resumir, llamaremos caricias.

La vida es un intercambio de estímulos. Nuestra manera de interpretar el mundo y dar sentido a la vida, se moldea a base de miradas, de gestos, de gritos, de silencios, de caricias, de palabras.

La vida se conforma de infinidad de interacciones sensoriales. Vivir en un vacío emocional, intelectual y de los sentidos, es más insoportable que el dolor. En esta evicción, no solo sufre quien no recibe emociones, sino también quien no las expresa.

Claude Steiner, en la teoría “La economía de las caricias”, exhibe los efectos que produce crecer, desarrollarse y vivir, dependiendo de la abundancia o escasez de signos afectivos, entre los humanos.

Una buena parte de las enfermedades psicológicas tienen como causa principal la ausencia de amor. La depresión, la neurosis y la ansiedad son generadas de alguna forma por esta carencia.

Asegura Steiner que las caricias eran imprescindibles para sobrevivir. Si carecemos de ellas, del contacto físico, un mecanismo interno estaría dispuesto a conseguirlas a cualquier precio, incluso aceptar caricias negativas, ante la idea de no recibir ninguna. Es a partir de este mecanismo que se pueden comprender determinados comportamientos humanos, que van desde el masoquismo, hasta la rebelión gratuita.

Hay sin duda una correlación positiva entre la ternura, el cuidado, el afecto y la atención humana con el desarrollo psicológico, emocional, intelectual y físico.

No debiéramos olvidar, que nacemos hombres y mujeres, pero devenimos humanos gracias a la caricia, al estímulo amable, a la ternura, a la compasión, a la gratitud, y también gracias al límite necesario que nos pone en contacto con la realidad y que se administra desde la disciplina que busca el bien común.

Faulkner escribió: “preferimos el dolor a la nada, la bofetada a la ignorancia, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía”.

Sin el trato amable no se satisface una necesidad fundamental que nos permite seguir sintiéndonos bien, experimentar la alegría, desarrollarnos, lo que nos lleva a razonar que; sin amor es más difícil crecer.

 

“Si tuviera que elegir entre el dolor y la nada, elegiría el dolor”

 

 Las Palmeras Salvajes – William Faulkner

Fotografía: Allan  Filipe  Santos