05 Nov LOS CAMINOS DEL DESAMOR
Cuando acabamos de conocer a alguien que nos atrae mucho se despierta el anhelo de nuestro corazón, y si nos sentimos correspondidos, sentimos una gran alegría: “por fin he encontrado a alguien especial con quien compartir mi energía, abrir el corazón, conectar, intimar y disfrutar de la sexualidad”.
Sentimos que hemos encontrado a una persona especial y que con él o con ella podemos vivir nuestros sueños románticos. Al principio estamos tan ilusionados que creemos que con esa persona todo es posible. Es verdad que esta persona es un hombre o una mujer especial, único/a, pero también es un ser humano con sus luces y sus sombras, como todos. La razón por la cual nos parece tan maravilloso es porque al principio no vemos realmente ese ser humano en su totalidad, no vemos su sombra ni su humanidad, vemos lo que proyectamos en él o en ella. En realidad, no nos enamoramos de la persona, nos enamoramos de una imagen que hemos interiorizado.
A menudo creemos que estar enamorados es amar, pero son experiencias distintas: una cosa es proyectar nuestro anhelo en alguien – y todo lo que ello moviliza a nivel energético, físico, sexual y emocional- y otra muy distinta amar a un ser humano. ¿Cómo puedo amar si todavía no he visto realmente a la persona de la que estoy enamorado/a?.
Cuando empezamos a ver al ser humano real, el encantamiento se desvanece y emergen sensaciones y sentimientos que no son agradables. De repente, no sentimos decepcionados o desilusionados, y el amor que sentíamos se transforma en malestar, desilusión, desconexión, frustración, rechazo, sentimientos de abandono, rabia y exigencia.
Cuando se rompe el encantamiento hay dos opciones: La primera es mirar hacia fuera: “¡Dios mío, me he vuelto a equivocar!», y sin asumir ninguna responsabilidad por lo que sentimos, empezamos a alejarnos, a cerrar nuestro corazón, o inmediatamente empezar a buscar a otra persona y embarcarnos en una nueva aventura para no enfrentarnos al malestar, al dolor, a la soledad y el vacío. La otra opción es mirar hacia dentro y preguntarnos: “¿qué ha sucedido? ¿por qué una ilusión y unos sentimientos tan agradable se han transformado en un paisaje tan desolador? ¿qué necesito ver y aprender de esta experiencia?”.
La experiencia del enamoramiento es tan intensa que engancha. Algunas personas se vuelven adictas a las lunas de miel, a vivir relaciones breves, intensas y apasionadas: están enamorados hasta que empiezan a bajar el subidón, disminuye la pasión o empiezan a sentir cosas desagradables, entonces se cierran, se desconectan, sabotean la comunicación, rompen o provocan la ruptura, y se buscan otra pareja.
Amar y crear un vínculo profundo con otro ser humano significa tener que confrontar muchas cosas: desilusiones, conflictos, miedos, inseguridades, heridas, bloqueos. Antes o después, inevitablemente, la relación despertará las heridas y las carencias de nuestros niños interiores. Y de repente, una relación que esperábamos que nos aportarse cariño, estabilidad, complicidad, confianza e intimidad, se convierte en una pesadilla: en lugar de dos personas adultas que quieren compartir un viaje, hay dos niños heridos y enfadados. Ambos se sienten traicionados y los dos quieren tener la razón.
Y es que el amor nos confronta con nuestra sombra. Casi todo el mundo cree saber amar, porque el hecho de estar vivos nos hace sentir atracción y rechazo hacia otros seres. Cuando sentimos mucha atracción, admiración, deseo o devoción hacia otro ser humano creemos que eso que sentimos es amor y durante un tiempo, creemos que ese amor podrá sostener la relación. Confundimos el deseo de conectar y aparearnos con la capacidad de amar, pero son dos fenómenos diferentes: aparearse está al alcance de casi todo el mundo mientras que amar es mucho más complejo. Para amar no es suficiente con el deseo y las buenas intenciones, ni siquiera comprometerse ante Dios o ante la sociedad puede garantizar el amor. El amor no es un contrato, no se puede adquirir ni formalizar, es un fenómeno vivo que requiere mucha conciencia y un profundo proceso interior, porque nos confronta con nuestra sombra.
Todos anhelamos tener relaciones sinceras, auténticas y nutritivas; pero nos cuesta crearlas, y mantenerlas vivas y armónicas, porque antes o después activan nuestras heridas, inseguridades y carencias más profundas. Cuando no abordamos adecuadamente estas dificultades provocan conflictos, desconfianza, sentimientos de incomprensión, desvalorización o abandono, que generan ansiedad y dependencia; o lo contrario, nos sentimos sofocados y decepcionados, y nos alejamos física o emocionalmente de la pareja.
Sin embargo, aprender a amar es posible, desaprendiendo los caminos del desamor, creciendo, trayendo más consciencia y responsabilidad a nuestra forma de relacionarnos. A través de la interacción podemos conocernos mejor, aprender a ser honestos, auténticos y respetuosos con uno mismo/a y con el otro, crear conjuntamente un espacio de apertura y confianza que nos ayude a compartir y sanar heridas antiguas, aprender a poner límites, sin cerrar el corazón, y abrirnos más y más al amor y a la intimidad.
KETAN RAVENTÓS